Caudillismo, inestabilidad y la búsqueda de una identidad nacional en los primeros cincuenta años de vida republicana (1821–1872).
Cuando el general Sucre firmó la Capitulación de Ayacucho el 9 de diciembre de 1824, el Perú se quedó sin el enemigo que había dado cohesión a la causa patriota. Lo que siguió fue medio siglo de profunda inestabilidad política: entre 1821 y 1872, el Perú tuvo más de cincuenta cambios de gobierno y se redactaron varias constituciones. Generales ambiciosos —los llamados caudillos— se turnaban en el poder a través de golpes de Estado, alianzas circunstanciales y guerras civiles.
Sin embargo, este período caótico también fue testigo de transformaciones significativas: la abolición de la esclavitud, la eliminación del tributo indígena, el nacimiento de una economía exportadora basada en el guano, y los primeros intentos de construir una identidad nacional peruana.
El caudillismo es un fenómeno político característico de América Latina en el siglo XIX. Un caudillo es un líder militar carismático que construye su poder sobre la lealtad personal de sus tropas, el apoyo de grupos regionales y la capacidad de imponer su voluntad por la fuerza. En el Perú, el caudillismo floreció porque el Estado central era débil, las instituciones republicanas eran frágiles y las fuerzas militares formadas durante las guerras de independencia se convirtieron en actores políticos autónomos.
Agustín Gamarra (1785-1841) gobernó el Perú en dos períodos (1829-1833 y 1839-1841) y es el ejemplo más representativo del caudillo peruano decimonónico. Nacido en Cusco de padres mestizos, Gamarra combinaba el prestigio militar ganado en las guerras de independencia con un profundo conocimiento de la política regional andina. Su proyecto político era conservador: defendía un Estado centralizado, la alianza con la Iglesia Católica y la protección de los intereses de los hacendados. Murió en la Batalla de Ingavi (1841), combatiendo contra Bolivia en su intento de reunificar el antiguo territorio del Virreinato del Perú.
Uno de los episodios más singulares de este período fue la Confederación Perú-Boliviana, creada por el mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz. En 1836, Santa Cruz aprovechó la inestabilidad política peruana para unir Bolivia con el Perú del Norte (capital: Lima) y el Perú del Sur (capital: Cusco) en un solo Estado federal. La Confederación duró apenas tres años: Chile, temerosa de la potencia geopolítica que representaba esta unión, le declaró la guerra y la derrotó en la Batalla de Yungay (1839). La derrota puso fin al experimento confederado y restauró la república peruana independiente.
El Perú se dio siete constituciones durante el siglo XIX, reflejo de la inestabilidad política y de los debates no resueltos sobre el tipo de Estado que debía ser el país.
| Constitución | Año | Característica principal |
|---|---|---|
| Primera Constitución | 1823 | Liberal; nunca entró en vigor plenamente por la guerra |
| Constitución Vitalicia | 1826 | Dictada por Bolívar; creaba un presidente vitalicio |
| Constitución de 1828 | 1828 | Federalista moderada; modelo para constituciones posteriores |
| Constitución de 1834 | 1834 | Liberal; permitía la unión con otros Estados |
| Constitución de 1839 | 1839 | Conservadora; reforzaba el poder del ejecutivo |
| Constitución de 1856 | 1856 | Liberal; limitaba el poder del ejército |
| Constitución de 1860 | 1860 | Moderada; la más duradera del siglo XIX (hasta 1920) |
En medio de la inestabilidad caudillista, la figura de Ramón Castilla (1797-1867) se destaca como la más importante del siglo XIX peruano. Castilla gobernó el Perú en dos períodos —1845-1851 y 1854-1862— y durante su larga permanencia en el poder introdujo reformas que transformaron la sociedad peruana.
Castilla era un hombre del sur andino, nacido en Tarapacá (hoy Chile) de familia humilde. Luchó en los ejércitos realistas antes de pasarse a la causa patriota. Esta trayectoria lo convirtió en un hábil negociador, capaz de manejar las complejas lealtades regionales y militares del Perú de su época.
El 3 de diciembre de 1854, Ramón Castilla firmó el decreto de abolición de la esclavitud en el Perú. Fue uno de los primeros países de América Latina en dar este paso. Aproximadamente 25,000 personas esclavizadas —concentradas principalmente en las haciendas azucareras y algodoneras de la costa— quedaron libres. El Estado peruano indemnizó a los propietarios de esclavos con 300 pesos por cada persona liberada, financiado con los ingresos del guano.
En el mismo decreto de 1854, Castilla abolió el tributo indígena, el impuesto que los pueblos originarios pagaban a la Corona desde la época colonial y que los primeros gobiernos republicanos habían mantenido por necesidad fiscal. Esta medida fue posible gracias a que el Estado peruano ya contaba con ingresos suficientes provenientes del guano para prescindir de esta fuente de ingresos.
El guano —excremento acumulado durante siglos por aves marinas en las islas desérticas de la costa peruana— resultó ser uno de los mejores fertilizantes naturales del mundo. A partir de la década de 1840, la demanda europea de fertilizantes para la agricultura industrializada convirtió al guano peruano en un producto extraordinariamente valioso.
Entre 1840 y 1879, el Perú exportó aproximadamente 11 millones de toneladas de guano, principalmente a Europa y América del Norte. Los ingresos fueron enormes: se estima que el Estado peruano recibió más de 750 millones de soles durante este período, una suma que equivalía a varias veces el presupuesto anual del gobierno.
El Estado peruano no exportaba el guano directamente, sino que lo entregaba en "consignación" a casas comerciales —primero británicas (firma Gibbs), luego peruanas— que se encargaban de venderlo en los mercados internacionales y remitían las ganancias al gobierno. Este sistema generó enorme corrupción y dependencia del capital financiero extranjero.
El historiador Jorge Basadre acuñó la expresión "prosperidad falaz" para describir la era del guano. Si bien el Estado peruano recibió ingresos sin precedentes, estos no se utilizaron para construir las bases de una economía productiva. En cambio, se gastaron en:
¿Quiénes eran los peruanos? Esta pregunta fundamental resultó extraordinariamente difícil de responder en el siglo XIX. El país era una sociedad profundamente estratificada y culturalmente diversa: criollos blancos en Lima, mestizos en las ciudades provinciales, indígenas quechuas y aimaras en los Andes, poblaciones afrodescendientes en la costa, y comunidades amazónicas. Construir una identidad nacional que incluyera a todos estos grupos fue una tarea que el siglo XIX apenas comenzó.
La Iglesia Católica mantuvo un papel central en la vida social y cultural del Perú republicano. El Estado reconoció el catolicismo como religión oficial en todas las constituciones del siglo XIX. La Iglesia controlaba gran parte de la educación, el registro civil y los cementerios. Solo con las reformas liberales de la segunda mitad del siglo —especialmente bajo el segundo gobierno de Castilla— se inició una tímida secularización.
En el campo cultural, el escritor Ricardo Palma (1833-1919) realizó quizás la mayor contribución del siglo XIX a la formación de una identidad peruana. Sus Tradiciones Peruanas —relatos breves que mezclan historia, leyenda y humor— recorrieron la historia peruana desde la época prehispánica hasta la república, creando un imaginario nacional compartido. Palma fue también director de la Biblioteca Nacional del Perú durante décadas.
El año 1872 marcó un hito histórico: Manuel Pardo, un civil, ganó las elecciones presidenciales y tomó el poder de manos del ejército. Fue la primera transferencia pacífica del poder a un gobernante civil en la historia del Perú. Pardo fundó el Partido Civil —el primer partido político moderno del país— y buscó reformar la administración pública, diversificar la economía y reducir la dependencia del guano.
Sin embargo, el tiempo se le acabó: la guerra contra Chile estaba a punto de comenzar, y el país que Pardo entregó a su sucesor se encontraba en una situación financiera precaria y militarmente débil.